María de Jesús Patricio Martínez

Del tamaño del dolor es la esperanza

 

El 29 de mayo de 2017 le cambió la vida a María de Jesús Patricio Martínez, quizás como en ningún otro momento de sus 54 años. Su nombramiento como vocera del recién constituido Concejo Indígena de Gobierno la llevaría a recorrer en los meses siguientes los rincones más olvidados del México profundo. Despojos, amenazas, represiones y un sinfín de dolores y resistencias ha encontrado en su camino. No hay hierba medicinal que cure tanto desprecio y ella, sanadora, apela en cada pueblo a la organización como único remedio.

Desde que arrancó oficialmente el recorrido, con la visita a las cinco demarcaciones zapatistas y a Palenque, en octubre pasado, ha regresado muy poco a Tuxpan, Jalisco, su comunidad natal en la que durante 20 años, y hasta hace unos meses, encabezó la Casa de Salud Calli Tecolhuacateca Tochan. Sus tres hijos salieron del pueblo para ser atendidos por familiares mientras ella y su esposo Carlos González, también fundador del Congreso Nacional Indígena (CNI), caminan con el Concejo convocando a los pueblos a organizarse contra el despojo.

Más de medio México han pisado desde entonces. A bordo de una camioneta blanca recorren las veredas de un país que los niega. En cada lugar se realizan actos comunitarios en las plazas y reuniones en las que se vierte la problemática local. Una cosa es lo que se ve en el templete, y otra la que ocurre sin cámaras de por medio. Por eso muchas veces no se entiende que no haya tiempo para la prensa ni para actos mediáticos, pues desde el inicio privilegiaron el intercambio en corto.

Conocedora de la problemática indígena nacional, que ha visto “empeorar durante los últimos 20 años”, Marichuy vive hoy de cerca “cada despojo y cada injusticia” de las que tanto hablan cuando se reúnen en el Congreso Nacional Indígena. “Se han quedado cortos en los encuentros”, dice, “yo veo más destrucción y muerte con los megaproyectos que les han impuesto desde fuera”.

Las constantes son muchas. Gobiernos y transnacionales siguen el manual del despojo a pie de juntillas. Entran a los pueblos, imponen los megaproyectos sobre sus territorios sin consultar a nadie y convierten el paisaje en zona de desastre. “Los más viejos ven con tristeza lo que ocurre” y alientan la resistencia que “agarra fuerza por todo ese destrozo”, dice la vocera nahua.

Marichuy insiste en que por cada dolor se levanta una rebeldía. “La gente no está dispuesta a que le sigan destruyendo su territorio, su tierra, su organización”. Donde el problema está más fuerte surge “más resistencia, más organización, más empeño por vivir”, dice en la entrevista concedida en las oficinas de Desinformémonos, en la Ciudad de México, al iniciar el año.

La represión a la resistencia es otra página del manual. “A la gente que se opone a la destrucción la asesinan, la encarcelan, la desaparecen. Las comunidades consideran que esto es para intimidar, para meter miedo y para que no se organicen”. Pero no les resulta, dice, pues “a pesar de eso siguen las voces hablando y diciendo ‘vamos a caminar con ustedes y vamos a fortalecernos porque solamente así vamos a poder salir adelante’”.

Marichuy no viaja sola. Un grupo de Concejales hace el camino junto a ella. La mayoría mujeres, pues de ellas es la palabra en los actos y reuniones. El Concejo recoge los dolores vertidos en los encuentros y asambleas y no ofrece salidas ni promete soluciones, pues, afirma, todo tendrá que venir de ellos. Patricia Mariano Salas, de una comunidad wixárika del norte de Jalisco, la ha acompañado durante buena parte del recorrido y, dependiendo de las regiones, se incorporan Concejales de los estados que se visitan, además de delegados del CNI. Agua y fruta cargan en una pequeña hielera en el vehículo que los transporta. Nada de aviones, caravanas, escoltas, comidas especiales ni hoteles de lujo. Marichuy y su equipo comen frijoles, arroz y pollo, cuando hay, en las mesas de las casas comunitarias que los alojan. Nunca se quedan fuera de los pueblos, por seguridad y por atender la hospitalidad de quien los recibe.

La casa de los pueblos indígenas

El CNI nació el 12 de octubre de 1996, producto de los acuerdos del Foro Especial de Derechos y Cultura Indígena, celebrado en enero de ese mismo año en San Cristóbal de las Casas. Fue la primera vez, luego del levantamiento zapatista, que se reunieron los pueblos indios del país convocados por el EZLN. Marichuy fue una de los más de 500 representantes de los por lo menos 35 pueblos, naciones y tribus originarias que acordaron la autonomía indígena como el eje de su reconstitución y de su relación con el Estado.

“No les pedimos que olviden sus diferencias y discusiones, no les pedimos que se unan a fuerzas o que se rinda un pensamiento a la fuerza de otro pensamiento. Les pedimos que tengamos respeto y tolerancia al que piensa diferente… Les pedimos que, juntos, le demos a este país y a este mundo que sólo nos ofrece la muerte y la humillación como futuro, una lección: la lección de la dignidad humana que salva al mundo de la estupidez y el crimen”, fueron las palabras zapatistas que se escucharon aquel 4 de enero de 1996 en el Convento del Carmen. Como a un niño, lo gestaron nueve meses. Y en octubre dieron a luz al Congreso Nacional Indígena, red de pueblos de la que Marichuy ha sido fundadora y motor.

| No les pedimos que olviden sus diferencias y discusiones, no les pedimos que se unan a fuerzas o que se rinda un pensamiento a la fuerza de otro pensamiento. Les pedimos que tengamos respeto y tolerancia al que piensa diferente |

 

Veinte años después, el reto es seguir juntando voces sin pretender homogenizarlas. El actual camino se los permite. Y por eso, dice Marichuy, “una de las intenciones al participar en este proceso es visitar algunas comunidades hermanas que no han caminado con nosotros en el CNI, que escuchemos su palabra, sus problemas y que también nosotros planteemos nuestra propuesta. Si ellos están de acuerdo en caminarla juntos, les hacemos la invitación”. La propuesta, dice, “ha sido aceptada por hermanos que la han hecho suya”. Y también destaca que los de las ciudades se sienten interpelados sin ser indígenas, “pues se trata de caminar junto a otros sectores y otros hermanos”.

Minas, gasoductos, eólicas, carreteras y otros dolores

El balance, luego de visitar más de 15 estados de la República, es que se ha logrado uno de los objetivos principales de la propuesta: “visibilizar a los pueblos, los problemas, las luchas, y sobre todo dar el mensaje de que es necesaria la articulación de todos nosotros para poder salir adelante y enfrentar este destrozo que está dejando el capitalismo”.

La lista de agravios es larga: “las minas a cielo abierto que están contaminando aguas, los ríos que están siendo encauzados a presas hidroeléctricas, la contaminación de los territorios por las empresas eólicas, los gasoductos, las carreteras, los problemas de justicia”, entre otros a los que se une, “con tristeza, el hecho de que hablar su propia lengua y no hablar español es un problema para poder defenderse”.

| En algunos lugares está más fuerte la organización y en otros está un poco más débil porque ha habido mucha represión y mucha división impuesta desde fuera |

 

Acompaña al despojo, explica Marichuy, “el hecho de que obliguen a los indígenas a dejar la lengua y el vestido, y a integrarse a toda una ‘civilización’. No se dan cuenta de que los pueblos quieren seguir viviendo y existiendo como son y lo que piden es respeto a lo que somos, a nuestro territorio, nuestra tierra, nuestras plantas, árboles y a esa manera natural de organizarnos”.

Es vasto el conocimiento que María de Jesús tiene de los pueblos. Y ahora, como vocera y escucha, se sumerge en las problemáticas y siente en carne propia los despojos que va sumando. Fue a Tepoztlán, Morelos y vio cómo la maquinaria mete una autopista “sin el consentimiento de las personas”. Vio el “destrozo” que le mostraron de sus árboles y cerros sagrados. Ahí la recibió la Concejala Osbelia, nahua como ella, pero de 80 años. “Dicen ellos y decimos nosotros que la tierra tiene vida y nos da vida, nos da existencia, y por eso con esa autopista nos destruyen parte de la existencia”.

En el sur, por ejemplo, recorrió Campeche de la mano de Sara, Concejala por Candelaria. Y con ella y el resto atestiguó la introducción de los cultivos transgénicos y de la palma africana: “Con esto han aumentado los problemas de salud, como el cáncer. Les están modificando el ciclo de producción de sus propios granos en un proceso destructivo de su alimento”, comenta Marichuy.

En la Península de Yucatán se topó también con la deforestación y la contaminación de las aguas, “y ya más para arriba, en Veracruz, con los más de 40 mil pozos petroleros que contaminan la región; en Oaxaca, con las aguas encauzadas para una presa hidroeléctrica que dejará sin abastecimiento de agua a la población, y con los 25 parques eólicos en el Istmo de Tehuantepec, cuyos aerogeneradores tienen unas aspas grandísimas y caen encima destruyendo las casas, o tiran una sustancia que cae a la tierra, la contamina y deja de producir”.

Caminando por el norte de Veracruz, a Marichuy y al CIG, además de la contaminación y deforestación, les hablaron del azote del crimen organizado. “La gente tiene temor de que ésos vienen de la mano del gobierno para presionar para que no se organicen y no digan nada, pero a pesar de eso siguen luchando. Tienen un río que están peleando y están dispuestos a llegar a donde sea necesario con tal de que no les quiten su agua y medio de trabajo”.

En Puebla, cuenta la vocera, vieron la imposición del gasoducto, otra hidroeléctrica y la represión desatada contra los que no están de acuerdo, mientras que en el Estado de México les hablaron de los programas de gobierno que llegan disfrazados de ayuda para controlar a la población. Ahí también “se ve clarito la deforestación que están ocasionando con las carreteras y el anillo que quieren crear”.

Yendo hacia Jalisco, su estado, los problemas fuertes son por la contaminación del agua por las minas, la introducción de las empresas aguacateras y los invernaderos y el despojo del territorio también por las empresas mineras. Mientras que en Colima, a Marichuy le llamó la atención “la organización de la comunidad de Zacualpan para defender su tierra de las minas. Tienen un río que quería tomar la Coca Cola, y ellos dijeron que no iban a cocinar con una Coca Cola, sino con agua. Y se defendieron”.

Marichuy insiste en que del tamaño del dolor es la esperanza. Y la resistencia. Reconoce que “en algunos lugares está más fuerte la organización y en otros está un poco más débil porque ha habido mucha represión y mucha división impuesta desde fuera”. Esta es otra parte del manual del despojo: “Las empresas se meten a las asambleas y desde ahí van dividiendo, pues el propósito es destruir sus formas propias de organización para seguirse imponiendo”.

La resistencia, explica, “en casi todas las comunidades es de forma directa. La gente dice, ‘si no nos hacen caso, vamos a cerrar la carretera’ o ‘no les vamos a permitir que entren a la mina’, o ‘vamos a bloquear porque nos tienen que escuchar’. Estas formas han traído encarcelamientos, represión, desaparecidos, pero a pesar de eso la gente no se desanima y sigue”.

No imaginaba que iba a ver tanta gente en la UNAM

La Ciudad de México es el puente para cruzar del norte al sur y viceversa, pues el recorrido no sigue ninguna lógica geográfica. Aquí se reúne con otros Concejales y con el equipo de apoyo y ofrece maratones de entrevistas con medios de comunicación. El primer acto masivo fuera de Chiapas fue justo en esta ciudad, nada menos que en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde uno de los temas centrales fue el feminicidio, pues, previo al acto central en la explanada de la Biblioteca Central, realizó una parada en la caseta telefónica de Ciudad Universitaria en la que fue encontrada sin vida la joven Lesvy Berlín Osorio Martínez. Ahí fue recibida por Araceli Osorio, madre de Lesvy, y por grupos feministas que organizaron un acto de repudio a la violencia de género.

Marichuy fue recibida en la UNAM por la generación del temblor, la misma que salió a las calles a remover los escombros durante el sismo del pasado 19 de septiembre, los hombres y mujeres jóvenes que gritaron su aquí estamos y se organizaron para llevar comida y salvar vidas. Ella es la primera precandidata indígena a la presidencia de México y, también, la primera de todos los que participan en este proceso electoral en visitar la Máxima Casa de Estudios.

| El acto en la UNAM permitió aclarar que “este caminar que hemos dado no solamente es para los pueblos indígenas, sino para quien sienta que es parte de este proceso de reconstrucción |

 

El 28 de noviembre de 2017 la vocera de los pueblos indígenas y de los desposeídos colmó la histórica explanada universitaria en la que se multiplicaron los auxiliares dispuestos a recoger el apoyo ciudadano. Cerca de un millón de firmas tendría que juntar para aspirar a la candidatura independiente. Y, ese día, los estudiantes hicieron lo suyo. En enero la cifra se ve lejos, pero no imposible. El recorrido sigue su propia lógica y están anunciadas actividades hasta el 17 de febrero. El 19 es la fecha límite que marca el Instituto Nacional Electora (INE) para recabar las firmas que, para ella, “no son firmas, sino dolores”.

El CIG, advierte Marichuy, no cuenta con los recursos de ninguna estructura para solventar los gastos del recorrido. Absolutamente todo proviene de la gente que organiza comidas colectivas, rifas, kermeses y proyecciones para abonar a un movimiento que se plantea “hablar de cosas imposibles, porque de lo posible se ha dicho demasiado”.

El acto en la UNAM, rememora Marichuy, permitió aclarar que “este caminar que hemos dado no solamente es para los pueblos indígenas, sino para quien sienta que es parte de este proceso de reconstrucción”. Para ella “queda claro que la parte fundamental, dentro de los hermanos que no son indígenas, son los jóvenes. Algunos son estudiantes y no saben al rato qué va a pasar. Estudian, se preparan, y dicen ‘para qué, si no sabemos si nos van a matar, a desaparecer o si vamos a encontrar trabajo’”.

Los jóvenes, afirma, “no son el futuro, son el presente. Son los que pueden construir algo real desde ellos mismos”. Y por eso fue importante contar con ellos aquella tarde, “pues permitió dejar claro que esta propuesta es para todos los habitantes de este país y que ha sido arropada por otros sectores”.

Muchas veces son los hombres los que no entienden y no llegan a un acuerdo de caminar juntos

Marichuy no se dice feminista, aunque lo sea. El concepto les viene de fuera, pero la práctica contra el patriarcado es cotidiana. En las comunidades las mujeres son parte importante en la resistencia: “siempre han estado, aunque no se les ha visibilizado y no aparecen mucho”. En muchas ocasiones, dice Marichuy, “cuando hay desánimo, las mujeres dicen ‘si no quieren, vámonos nosotras por delante, vamos a caminar’. Esa decisión hace que todos se animen y caminen”.

La propuesta del CIG ha resultado más que femenina. Son ellas las que están en los templetes, las que dicen los discursos políticos, las que organizan los actos. Ya no sólo se les ve preparando las ollas de comida ni arreglando el lugar, o cuidando a los hijos mientras están las asambleas. “Nuestra intención”, señala Marichuy, “es que participen con más decisión”. Y, como el resto de las concejalas, aclara que “es necesario caminar junto con los hombres, no que vayamos atrás ni adelante, sino que vayamos juntos en esta defensa de nuestra vida, que es la vida para todos”.

A su paso por las comunidades, la primera aspirante indígena a una candidatura presidencial va inspirando a más mujeres a participar. Se lo dicen en los pueblos y se lo repiten las Concejalas, muchas de las cuales no se hubieran animado si la vocería no estuviera a cargo de una mujer. “Hemos visto y platicado que sí podemos, que si nos organizamos, si nos ponemos de acuerdo bien, podemos caminar juntas en el proceso de reconstrucción de este México”.

| Las mujeres tenemos el derecho de participar y el deber y la responsabilidad de construir algo diferente. Se va a lograr en la medida que nosotras mismas vayamos participando, decidiéndonos a caminar junto con los hombres |

 

María de Jesús Patricio advierte que el machismo en las comunidades “está arraigado”. Desde los pueblos, explica, “hemos visto cómo la estructura capitalista está pensada y diseñada para que el hombre sea el que tiene la razón, y es él o ellos quienes han diseñado esas estructuras de muerte para nuestros pueblos”. Por eso, dice, es necesario romper. “Las mujeres tenemos el derecho de participar y el deber y la responsabilidad de construir algo diferente. Se va a lograr en la medida que nosotras mismas vayamos participando, decidiéndonos a caminar junto con los hombres”.

Pero de que es difícil, es difícil. Algunas de las Concejalas son divorciadas o madres solteras, pues pocos hombres aceptan las salidas para su participación política. Son mujeres fuertes que han desafiado las costumbres de sus comunidades. “Muchas veces son los hombres los que no entienden y no llegan a un acuerdo de caminar juntos”. Para ellas, madres e hijas, “es más difícil porque tienen que trabajar, salir adelante y todavía hacer un espacio para participar en este proceso. Por eso considero que algunas compañeras toman la decisión de mejor seguir solas y demostrar que sí se puede”, opina Marichuy, “pero cada quien”, aclara sonriendo.

Tendría unos 14 o 15 años cuando se me clarificó la identidad indígena

Como muchos de los indígenas de este país, Marichuy hizo conciencia de su identidad después de la infancia. Sabía que pertenecía a una comunidad por “la forma de convivir, de cultivar, de las fiestas que se llevaban”. Entendía que tenía su propio vestido y su lengua, “pero tendría unos 14 o 15 años cuando se me clarificó la identidad”. Acostumbrados a negarse, muchos de los pueblos indígenas pierden idioma y costumbres para evitar la discriminación.

| María de Jesús nació el 23 de diciembre de 1963, cursó el bachillerato, y por sus conocimientos ha impartido cursos de medicina tradicional en la Universidad de Guadalajara |

 

A la niña Marichuy no le cuadraban muchas cosas. “Pensaba que por qué nosotros estamos pobres y por qué otros se quedan con nuestras tierras”. Y, poco a poco, fue entendiendo que “el ser indígena lo consideraban como de segunda”. Su abuelito, por ejemplo, cuando se trasladaba a Ciudad Guzmán, cerca de Tuxpan, rentaba un pantalón y una camisa en tiendas especiales que les daban ese servicio, porque no lo dejaban entrar a los lugares con su vestimenta tradicional: calzón de manta y algodón. Por eso, su abuelita les decía: “Ustedes no se pongan su vestido para que no los discriminen como nos hacen a nosotros, que no les pase lo que nos pasa”. Y así, dice la indígena nahua, “una va entendiendo, pero se pregunta, por qué no, por qué no puedo ir así, qué mal se hace”.

María de Jesús nació el 23 de diciembre de 1963, cursó el bachillerato, y por sus conocimientos ha impartido cursos de medicina tradicional en la Universidad de Guadalajara. Pero no por tener estudios, “pensaba que valiera más” que sus abuelos y padres. “No se dejen”, les decía, pues le “daba coraje ver cómo eran vistos”. Conforme creció, entendió que pertenecer a una comunidad “es tener una raíz muy importante y que son los pueblos los que estuvieron antes de que llegaran a invadirnos con tanta ideología ajena”.

La insurrección zapatista visibilizó a los pueblos, porque antes del 94 no existían para los medios

El levantamiento zapatista del 1 de enero de 1994 sorprende a Marichuy a los 30 años. Se enteró, como la gran mayoría, por la televisión, y se identificó de inmediato con sus causas. Muy temprano, en agosto de ese mismo año, María de Jesús asistió a la primera Convención Nacional Democrática, celebrada en Guadalupe Tepeyac, la misma comunidad que la recibió a ella en octubre de 2017, en el arranque de su recorrido por el México de abajo.

Marichuy ya participaba en su comunidad en la defensa de su territorio. Y se lanzó a Chiapas junto a seis de sus compañeros. Y así, poco a poco, fue siguiendo el caminar zapatista sumándose a las iniciativas que del sur venían. Le quedó claro, dice, “la importancia de la unidad entre varios para enfrentar lo que nos está dando muerte”.

| El gobierno considera que ese abandono, el olvido de los pueblos, lo puede solucionar dándoles bolsas de dinero. Pero los pueblos hemos venido peleando por años que se nos considere como sujetos de derecho, no como objetos |

 

Antes de 1994, la ahora vocera del CIG participaba en una organización campesina regional “tratando de defender la tierra, de hacernos más para que se escuchara nuestra voz por el sur de Jalisco y nos dejaran tranquilos, que no nos despojaran de lo importante, que es la tierra”. La insurrección indígena, dice, “lo que hizo fue reforzar lo que ya teníamos y visibilizar a los pueblos, porque ahí, en Jalisco, para los medios de comunicación antes del 94 no había pueblos indígenas. Después del 94 surgen para ellos, les dan cobertura y se dan cuenta de que también hay pueblos ahí”. En Jalisco, la repercusión inmediata fue repetir la vieja fórmula de las dádivas, pues el gobierno no conocía otras formas de relacionarse con los indígenas. Pensaron, dice Marichuy, “que los indígenas lo que querían era dinero”. Y hasta la fecha siguen pensando igual. “El gobierno considera que ese abandono, el olvido de los pueblos, lo puede solucionar dándoles bolsas de dinero. Pero los pueblos hemos venido peleando por años que se nos considere como sujetos de derecho, no como objetos. No de que alguien tiene que decidir, no de que alguien nos tiene que decir qué hacer”.

Eso fue justo lo que el EZLN y el CNI pelearon en el Congreso de la Unión en 2001, cuando llegaron a la Ciudad de México en la Marcha del Color de la Tierra a exigir que sus derechos fueran reconocidos en la Constitución. Aquel día de marzo, fue justo Marichuy la única mujer que habló por el CNI. Por el EZLN la comandante Esther tomó la palabra.

CNI, los que se han ido

En los 20 años de vida del Congreso Nacional Indígena, “no son pocos los compañeros y compañeras que han muerto”. Unos por enfermedad, otros por accidente, y unos más han sido asesinados en la lucha por la defensa de su territorio. De todos ellos, afirma Marichuy, “aprendimos mucho”.

| No son pocos los compañeros y compañeras que han muerto |

 

Y enumera. Está la Comandanta Ramona, parte fundamental de la creación del CNI. También don Efrén Capiz, Evita Castañeda, don Juan Chávez, Noé Torres, don Félix Serdán, Ricardo Robles “El Ronco” (que aunque no era indígena, se hizo parte de los pueblos), al igual que don Andrés Aubry y Federico Ortiz, de Uruapan, entre otros que se han quedado en el camino y que el CNI sigue honrando a su paso.

Por ellos y por ellas, dice Marichuy, “la lucha sigue”.

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